DE TUMBAS, AMORES, VERDADES Y ABISMOS

 

Tres ocasos después, al doblar la esquina, las dudas prendidas en tus labios me revolvieron el estómago. No había más excusas, no era tiempo de caballos, soledades o peces ya que, afortunadamente, entre los cabellos negros que me bañaban y los ricitos castaños que me hacían cosquillas, no había espacios para abismos; o al menos eso creía yo. Pero, como con eso de los abismos suele ocurrir que los más hondos van cubiertos de piel, -y todos sabemos que la piel tostada por el deseo encubre muy bien esos dolores-, no tenía la certeza. Aún así, allí, tendido entre cabellos, suspiros, envuelto en el olor a cuerpos húmedos y pegajosos me sentí a salvo.

 

Pero ahora, entre la risa de los sepulcros, los atardeceres violeta en los espejos rotos y algunos secretos recién contados… te busco. Porque traicionamos al olfato no puedo encontrarte, y tengo miedo. No es siquiera que me asechas tras los mármoles eternos, sino que en esta orilla de tu noche sé, que preñados de impaciencia –y fantasmas-, nos buscamos, pero el chelo hoy no toca música de encuentros; no lo hace nunca, y sin embargo…  Sé, ahí estás.

 

No logro verte. Mis llagas acarician las lenguas de estos mis perros compañeros de viaje. Sí, es verdad, estas cicatrices mal curadas tal vez llevan tu nombre, pero no son solo tuyas. Algunas, las que arden mientras me acerco, son hijas de la noche de sombras amarillas y ventiladores inmóviles y,-aunque tengan tu nombre- de una silueta que no es la tuya.

 

Aquí, tras los sepulcros donde habita tu olor… espero. Conmigo arrastro los cadáveres que encontré en el camino, esos que las verdades brutales dejaron sin sus máscaras, esos que después de tanto dolor lograron ser libres. Incluso arrastro al de aquel que cayera de los abismos agridulces de una cama mojada, a los pisos helados de un motel de tercera, aquel que danzara con el diablo al ritmo del zumbido de las moscas, y a quien, de entre las crepitaciones de sus facciones podridas, le fuera tendido un puente de placer: placer de fatalidades y vampiros y de cíclopes y de lenguas de fuego…

 

Ya son libres pero aún los arrastro. Yo que aun no soy libre, los arrastro para que los veas, los toques, introduzcas el dedo en sus heridas, que su olor te atormente hasta que la belleza de su libertad te de asco y después -cuando vomites- nazcas de nuevo, para que al fin, pueda Yo ser libre y amarte.

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