XX

Mayo 1, 2008

 

Si habría de encontrarla sería sentada en la zona y habrían dos posibilidades. Estaría en el parque, en la esquina, con Las Mercedes y las Damas a las espaldas. Seguramente disimulando el asco ante la mirada lasciva del romeo uniformado, a quien limpia las botas un niño que no alcanzará los diez.

 

Si en verdad la encuentro allí, tendrá la mirada dispersa y el sueño fruncido por la rabia, rodeada de artistas, vasos y otras cosas así, tan plásticas. Tan pronto me acerque partirá su mirada el aire rancio atravesando el parque, y nacerá amorfa, confusa detenida a mis pies. Luego sin decir nada aún, se levantará y mostrará su verdadera forma, sin que nadie más que yo pueda verla.

 

Si no, de seguro estará en la plaza del solazo acostada en un banco en el que a otras horas son envidiosamente detenidas las parejas por mirase con ternura, por decir en voz baja cosas como: te deseo amor, no me des tregua… ellas, las parejas, pasarán a los titulares como terroristas inmorales, mientras en la misma primera plana exoneran a cada implicado del último y multimillonario fraude bancario. Pero a estás horas, mientras la luna todavía es grande y amarilla, ha de estar tendida buscando en las nubes los caprichos de alguna diosa. De ser así, me acercaré sin perderla de vista, me sentaré a su lado, pero en el suelo, a esperarla conteniendo el aire y en mi rostro una sonrisa marcará su retorno.

 

Pero se hace tarde y aquí estoy, en el parque. Ella no está. Debí estar primero en la plaza. Miro fijamente al policía y, mientras lo odio, lo sé: después del próximo café ella habrá desaparecido, ya no podré encontrarla y un frío absurdo me morderá por dentro, y no querrá soltarme.

 

Me sentaré con los perros, rendido, buscaré sin suerte en algún bar, exhausto me rendiré, y allí, donde mueren las sombrillas, estará ella mirándome enojada.